FLORA
La casa
respira tranquila en la nocturnidad del día lunes. Los cuerpos de los moradores
yacen acurrucados bajo una frazada azul. Del otro lado de la ventana, el barrio
regala una postal distinta a la diurna. Un par de vagabundos improvisa una cama
con un colchón sucio y delgado, una pareja de adolescentes calma sus ansiedades
más urgentes en el rincón más oscuro de la cuadra. Las estrellas cubren con su
manto luminoso los sueños y las preocupaciones de todos.
Al cabo de
unas horas, él se levanta. Salta de la cama, se lava la cara, se viste
rápidamente y a los pocos minutos
escucho sus pasos descender por la escalera. Ella balbucea algo indescifrable y
continúa durmiendo. Pero yo lo observo parada cerca de él, día tras día miro
cumplir su rutina y ya no puedo volver a echarme una vez que se ha ido.
Deseo yo
también atravesar la puerta. Subir sigilosa los escalones que separan mi
territorio, de la terraza. Y una vez ahí sí, sí. Sentir como la suave brisa de
la madrugada golpea mi cuerpo. Me siento viva en esos momentos. Salto a la
cornisa y si pudiera sonreír, verían en mí la sonrisa más radiante. Pero no.
Sigo en la habitación a oscuras, ella duerme, y al parecer, falta mucho para
que se levante. Algo tengo que hacer. Maúllo fuertemente, al tiempo que rasco
la alfombra de la puerta de entrada. El lugar es chico y el sonido lo envuelve todo. Ella se despierta
al instante y se levanta. Me dice unas palabras poco cariñosas y abre la puerta
del balcón. Pero yo sigo inmutable, grito miauuu mirando el picaporte de la
puerta de entrada. No es lo mismo. El pequeño balcón sólo puede proporcionarme
el entretenimiento de mirar para abajo, y ver los autos que pasan como flecha
rumbo al centro.
Pero no
puedo estirarme, ni captar la belleza que sólo puede verse en la altura.
Ella viene
hacia mí con paso cansado y me toma entre sus brazos. Me lleva a la cama y me
acuesta. Me habla en tono de súplica. Y me acaricia de modo tal que, aunque no
era mi plan, empiezo a ronronear.
El sonido
estridente de la alarma, hace que ella se levante rápido, como siempre.
Yo sigo sus
pasos, me subo a la mesa y veo como pone la pava para desayunar con esa
infusión, tan predilecta entre los suyos: el mate.
Se viste con
la ropa que eligió la noche anterior, va al baño, se maquilla. Y es entonces
cuando siento que no debo darme por vencida, maúllo una vez más, caminando
inquieta de un lado a otro.
-¡Flora! Me
hiciste despertar una hora antes. ¿Qué voy a hacer con vos? -dice y me abre la
puerta de manera indulgente.
Por fin
estoy afuera. No me amedrentan los pasos
presurosos que escucho cerca, soy miedosa y ligera en igual proporción. Llego a la terraza, la puerta abierta de par
en par (no sé porque nadie se toma la
molestia de cerrarla) me recibe y me siento libre una vez más. El amanecer
afina sus acordes y nos regala un cielo anaranjado, yo lo observo tranquila.
No hay comentarios:
Publicar un comentario