viernes, 18 de septiembre de 2015

FLORA
La casa respira tranquila en la nocturnidad del día lunes. Los cuerpos de los moradores yacen acurrucados bajo una frazada azul. Del otro lado de la ventana, el barrio regala una postal distinta a la diurna. Un par de vagabundos improvisa una cama con un colchón sucio y delgado, una pareja de adolescentes calma sus ansiedades más urgentes en el rincón más oscuro de la cuadra. Las estrellas cubren con su manto luminoso los sueños y las preocupaciones de todos.
Al cabo de unas horas, él se levanta. Salta de la cama, se lava la cara, se viste rápidamente y  a los pocos minutos escucho sus pasos descender por la escalera. Ella balbucea algo indescifrable y continúa durmiendo. Pero yo lo observo parada cerca de él, día tras día miro cumplir su rutina y ya no puedo volver a echarme una vez que se ha ido.
Deseo yo también atravesar la puerta. Subir sigilosa los escalones que separan mi territorio, de la terraza. Y una vez ahí sí, sí. Sentir como la suave brisa de la madrugada golpea mi cuerpo. Me siento viva en esos momentos. Salto a la cornisa y si pudiera sonreír, verían en mí la sonrisa más radiante. Pero no. Sigo en la habitación a oscuras, ella duerme, y al parecer, falta mucho para que se levante. Algo tengo que hacer. Maúllo fuertemente, al tiempo que rasco la alfombra de la puerta de entrada. El lugar es chico y  el sonido lo envuelve todo. Ella se despierta al instante y se levanta. Me dice unas palabras poco cariñosas y abre la puerta del balcón. Pero yo sigo inmutable, grito miauuu mirando el picaporte de la puerta de entrada. No es lo mismo. El pequeño balcón sólo puede proporcionarme el entretenimiento de mirar para abajo, y ver los autos que pasan como flecha rumbo al centro.
Pero no puedo estirarme, ni captar la belleza que sólo puede verse en la altura.
Ella viene hacia mí con paso cansado y me toma entre sus brazos. Me lleva a la cama y me acuesta. Me habla en tono de súplica. Y me acaricia de modo tal que, aunque no era mi plan, empiezo a ronronear.
El sonido estridente de la alarma, hace que ella se levante rápido, como siempre.
Yo sigo sus pasos, me subo a la mesa y veo como pone la pava para desayunar con esa infusión, tan predilecta entre los suyos: el mate.
Se viste con la ropa que eligió la noche anterior, va al baño, se maquilla. Y es entonces cuando siento que no debo darme por vencida, maúllo una vez más, caminando inquieta de un lado a otro.
-¡Flora! Me hiciste despertar una hora antes. ¿Qué voy a hacer con vos? -dice y me abre la puerta de manera indulgente.
Por fin estoy afuera.  No me amedrentan los pasos presurosos que escucho cerca, soy miedosa y ligera en igual proporción.  Llego a la terraza, la puerta abierta de par en par  (no sé porque nadie se toma la molestia de cerrarla) me recibe y me siento libre una vez más. El amanecer afina sus acordes y nos regala un cielo anaranjado, yo lo observo tranquila.


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